Miré tu tripa como quién mira un cuadro. Redonda, blanca. Cantaba y escuchaba. La observaba. Fijaba mi pupila en su pupila, en el punto espiróleo del ombligo. Con las pestañas la acariciaba. Y de pronto, como una llamada a la oración, como un mantra que inconscientemente conocía, pero que sin duda alguna era nuevo, lo escuché, rítmico, élfico, rotundo, fuerte, sereno, valiente, hercúleo, ¡llamando a la vida!, a través de la escalera de caracol lo veía, rojo, feroz. Se aferraba a tu vida, como tú te aferrabas a la suya. Erais dos barcazas en el océano que os necesitábais. Y allí estaba yo, como espectador privilegiado de dos corazones, un amor y La Vida.
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