La ventana tenía rastro de cagarrutas de paloma, nadie lo había percibido, pero allí estaban, porque, en general, se veía todo el paisaje. Pero la mierda estaba. Yo no podía dejar de mirarlas y cada vez estaba más angustiado. No soporto cómo cada vez se ven menos las cosas, cómo algo tan obvio pasa desapercibido. Lo tolero, porque si no te tachan de facha, de fascista, o de comunista extremo, pero no lo soporto. Y no lo quiero soportar.
La conciencia olvidada es la lectura impostada del sueño de un poeta en una huerta de plastidecor que dibujan colores que no se comprenderán hasta la muerte del mismo imperio de los sentidos, que eleva nuestra alma a lo más profundo de los sentimientos de la cordura, ejecutando, una y otra vez, como una maquinaria productiva en la era postindustrial, la ignorancia, el verbo fácil y la bofetada a la vida.
Y no vemos la cagarruta en la ventana.
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