La habitación estaba fría, nadie había entrado hace años, nadie sabía que existía. Los recuerdos quedan la mayoría de las veces sumergidos o en buhardillas inaccesibles, como cuentos que una vez fueron leídos y el niño guardó en el subconsciente pero no sabe cómo llegar a ellos. Avancé entre la neblina del polvo guiado por la luz que atravesaba el techo de madera rajada y descubrí un estuche de piel, alargado, polvoriento, vivo. Me llamaba y lo tomé entre mis manos, soplé el polvo que lo cubría como hacen en las películas y lo abrí. Sus resortes metálicos fueron sacudidos por los muelles violentamente y brilló como una espada recién desenvainada. La luz tenue que atravesaba el techo se multiplicaba en millones de células de luz. La cogí, estaba en perfecto estado y la miré y revisé una y otra vez, pero no acerqué mis labios a ella. Tuve la tentación, pero no lo hice. No quise mancillar su recuerdo, no quise estropear lo que el tiempo había guardado tan escrupulosamente, no quise perder mi sueño. La miré de nuevo, sonreí, la deposité en su estuche, lo cerré y lo acaricié. Recordé un olor a naranjo y aceite, pan recién hecho y bocadillo de nocilla y un lugar y una chimenea, y el cabello azabache sobre su hombro, y de fondo, mientras el amanecer y el atardecer se encontraban y se separaban una música que salía de sus labios hacia el acero plateado y besaba mis oídos, mientras besaba mi infancia.
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