Ana tenía ganas de llorar.
Pero no podía. Sus ojos eran telones de acero, impenetrables, herméticos,
oscuros como la noche, oscuros como sus pensamientos. Nada positivo pasaba por
su cabeza. Atrapada sea quizá el mejor adjetivo con el que se podía definir su
situación, un estado que lejos de ser externo, era interno.
Luchaba, luchaba contra sí,
durante todo el día, a diario, semanalmente, minutalmente, nanosecundalmente.
Quería sumar, pero se restaba. Impotente, llena pero sin poder dar.
Estaba maniatada en un shock
continuo viendo como pasaba su vida.
Ana necesitaba llorar. Pero
sólo podía darse lástima.
Ana gritaba, en silencio.
Ana amaba a todos, a nadie.
Ana buscaba, Ana, Ana, Ana,
Ana… Ana, no era nada.
La ventana le traía un mundo
al que enfrentarse, un lugar donde se construyen los sueños, pero ella sólo
miraba, inerte y oscura. Quietud en blancas olas que la llaman dulcemente,
calma angustiada de una razón ilusoria.
Una campana, un timbre, un
despertador, una alarma, una llamada, un teléfono, una voz. Todos la
interpelan, ella no responde. Los platillos de la batería le crearon un ritmo
de autodefinición que la ahogaron y la sumieron en una autofalsadescripción y
nos dejó.
¿Qué hizo mal? ¿A quién le
causó daño? ¿Qué apuesta hizo para perder?
Ana la de la sonrisa
brillante, la de los ojos vivos, la creativa, la lúdica, la inteligente, la
culta, la emprendedora, la valiente, la que no se oculta. Parecía sí, parecía.
Ana tiene ganas de llorar.
Simplemente no puede.
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