Soslayadamente tu piel,
lateralmente tu hombre.
Quietud y silencio deslizados
en el sofoco de Viernes Santo.
La ofrenda es una flor en el ocaso.
La impresión, sombras atomizadas
entre velos blancos de lino,
forma el movimiento dado
por el alma, ya libre, en el espacio.
Y tu luz, aún está,
la cadaverina no se la ha llevado.
El templo es una sastrería
de colas negras, de lutos
en serpientes y ritos arcanos.
Lateralmente, madera.
Soslayadamente, nuestro amor.
La funeraria es una factura.
La otra, la otra factura, la real,
ésa, la pago yo en esta vida.
Pues aun creyendo en el cielo,
en los Maestros y en un Dios,
no hay quien me despegue de tu lado,
mortaja en Viernes Santo,
incienso de buenos momentos.
Tú, no eres tú,
¿o acaso sí? Porque te sigo sintiendo.
Te tomaría de la mano,
te besaría. Pero no puedo.
Nadie conocía nuestro engaño,
nadie sabe que te quiero.
lateralmente tu hombre.
Quietud y silencio deslizados
en el sofoco de Viernes Santo.
La ofrenda es una flor en el ocaso.
La impresión, sombras atomizadas
entre velos blancos de lino,
forma el movimiento dado
por el alma, ya libre, en el espacio.
Y tu luz, aún está,
la cadaverina no se la ha llevado.
El templo es una sastrería
de colas negras, de lutos
en serpientes y ritos arcanos.
Lateralmente, madera.
Soslayadamente, nuestro amor.
La funeraria es una factura.
La otra, la otra factura, la real,
ésa, la pago yo en esta vida.
Pues aun creyendo en el cielo,
en los Maestros y en un Dios,
no hay quien me despegue de tu lado,
mortaja en Viernes Santo,
incienso de buenos momentos.
Tú, no eres tú,
¿o acaso sí? Porque te sigo sintiendo.
Te tomaría de la mano,
te besaría. Pero no puedo.
Nadie conocía nuestro engaño,
nadie sabe que te quiero.
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