Tecleo automáticamente. Te describo y me describes como si nuestras raíces siempre hubieran estado unidas. Somos mitos que nos volvemos a encontrar, y aunque lo sentimos, no recordamos el pasado.
Miro tus ojos y tú expresión, tu gesto parado en una foto, y te reconozco. La brisa mueve las cortinas de la habitación y trae tu aroma, un aroma de siglos, un olor, una energía, un sentimiento olvidado, quizá, demasiado olvidado.
Pero el presente.... es una carga, una mochila, una foto ya caducada. Las ciberondas conectan siglos de emociones y sólo puedo pensar en presente, en que hay algo que nos ocultamos porque no queremos dañarnos. Deseamos mantener este oasis que hemos encontrado.
¡Templaza....Templaza! ¡No puedes! ¡No debes hacerlo! Esas preguntas son para cuando no conoces la respuesta, y la respuesta ya la sabes.
Te escribo sin parar y recorro toda tu existencia. Disfruto viéndote volar, y reír, y correr. Cuando acaricias mis mejillas me electrocutas de felicidad.
Tiempo ¿existes? Por qué separaste la felicidad ¿qué hicimos mal? ¿a quién dañamos? La calima vuelve a mi recuerdo y mi corazón en una angustia que ya no es contenida grita, y vuelve el presente, y el pasado cercano de muchos siglos. Y te miro, y tengo miedo, porque dudo si ya seremos el uno del otro o nunca lo fuimos.
Pero estás ahí, por encima de todas las cosas, encegueciendo mis ojos, relatando la historia, una historia, nuestra historia a través de tus ojos, de la mirada que el tiempo no durmió.
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